Los vientos que encaramos desde hace tiempo, tanto en lo político como en lo económico, continúan soplando con dureza. En Francia, el Gobierno pende de un hilo por su propuesta de endurecimiento de las pensiones, dirigida a reducir el déficit y la deuda públicos; en Gran Bretaña, se acumulan los problemas, sin solución dados los rotos en
sus finanzas, del otrora excelente sistema de salud, y en Alemania se ha abierto
la caja de Pandora con el debate sobre
la recuperación de la jornada de 40 horas/semana. Aquí y en el resto de la UE,
la percepción de tiempos turbulentos
se acentúa con los aumentos de precios y tipos de interés.

Parte de esos problemas son coyunturales, y dependen de lo que haga Trump en Irán; pero los de fondo reflejan los impactos de la globalización sobre el bienestar y la capacidad competitiva de las naciones. De hecho, en Alemania preocupa sobremanera su pérdida de competitividad exterior, destacada entre otros por el Bundesbank ( What contribution has diminished price competitiveness made to the recent weakness in German exports? , Monthly Report, julio 2026).

Los productos que Europa compra al gigante asiático ya son de alta calidad

Pero esos problemas no son privativos de Alemania, sino que se extienden al conjunto de la UE, que está viviendo una creciente competencia de la industria china. Es cierto que su mercado es relevante para nuestras exportaciones (es el cuarto destino, tras EE.UU., Reino Unido y Suiza), aunque donde emerge la potencia china es en el ámbito de sus ventas a la UE, generando un saldo comercial negativo relevante y creciente. Así, entre el 2015 y el 2025, el déficit de la balanza de bienes de la UE con China se ha más que doblado (de -150.000 millones a -360.000 millones de euros), reflejo de unas exportaciones europeas que han aumentado un 37% (de 145.000 millones a 199.000 millones), muy por debajo del incremento del 89% de las importaciones procedentes de China (de 296.000 millones a 560.000 millones de euros), nuestro primer proveedor. Además, y a diferencia de hace unos años, las compras a China son de productos de alta calidad, que aportan cerca de la mitad de nuestras compras al país, en particular en electrónica, informática, telecomunicaciones, baterías, vehículos eléctricos y equipo para la transición energética. Son esas importaciones las que comienzan a presionar, y mucho, sobre el tejido industrial europeo.

Decíamos hace poco que los resultados de PISA deberían ser un aldabonazo para una sociedad, como la nuestra, particularmente necesitada de mejorar la productividad del trabajo, aunque hay que elevar también la del capital y la conjunta. Porque demasiado a menudo tendemos a olvidar que la mejora de salarios y de ingresos familiares debe ir vinculada a la de la productividad. Guste más o menos, no existe otro camino para el aumento del bienestar. En toda época y lugar, siempre ha sido así. Pero los tiempos que nos ha tocado vivir son, si cabe, más exigentes que en el pasado. No lo olvidemos.